CARACAS (VENEZUELA), 08/05/2014. - Miembros de la Policía Nacional Bolivariana (GNB) dispersan un grupo de manifestantes opositores al Gobierno hoy, jueves 8 de mayo del 2014, en Caracas (Venezuela), cuando fue suspendida la audiencia preliminar sobre el caso del opositor venezolano Leopoldo López, preso desde el pasado 18 de febrero acusado de incidentes violentos tras una manifestación en la capital venezolana. EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

En 1963 la filósofa alemana Hannah Arendt, quien por añadidura era de origen judío, publicó su libro “Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal” (Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil), cuya lectura debería ser obligatoria para todos aquellos que trabajan en la administración pública. Este libro relata los pormenores del juicio contra el coronel Adolf Eichmann, uno de los mayores criminales nazis, quien planificó y organizó el exterminio de más de seis millones de judíos en las cámaras de gas de los campos de concentración.

El libro de Arendt expone una de las facetas más tenebrosas de la humanidad. La escritora nos revela con una frialdad pasmosa que el exterminio de seis millones de judíos fue llevado a cabo no por unas mentes sádicas y retorcidas, sino por simples burócratas. Todos los funcionarios del régimen nazi mandaron a la cámara de gas  a millones de personas simplemente por “obedecer órdenes” y “cumplir con la ley”. Y según declaraciones del propio Eichmann, su culpa provenía simplemente de la obediencia. Él no odiaba a los judíos, nunca actuó por bajos instintos y no tenía inclinación a matar. Solo obedecía las órdenes de sus superiores al igual que el resto de sus compañeros. Si las órdenes incluían el asesinato, la desaparición forzada, la tortura, el pillaje, no importaba. Lo importante era la obediencia y el cumplimiento del deber, aunque ese deber incluía exterminar a millones de seres humanos.

A más de medio siglo de publicado el libro de Arendt, este primero de septiembre de dos mil dieciséis, la Mesa de la Unidad Democrática –MUD- organizó la “Toma de Caracas”, un evento político cuya apabullante convocatoria congregó a centenares de miles de personas en las principales avenidas de la capital venezolana con el propósito de exigir un referéndum revocatorio contra el presidente Nicolás Maduro. Los esfuerzos del gobierno por impedir esa marcha fueron grotescos: en el Estado Táchira se prohibió la salida de autobuses con destino a Caracas desde dos días atrás: en el Estado Yaracuy la Guardia Nacional retuvo a ochenta autobuses que venían desde Barquisimeto; en el Estado Carabobo se instalaron más de quince alcabalas para impedir el paso de de vehículos con destino a Caracas; en la propia capital se cerraron casi una decena de estaciones del metro, se prohibió el vuelo de drones, se encarceló ilegalmente a dirigentes políticos y se deportó a periodistas internacionales. Esfuerzos que solamente demostraron el desespero de un régimen en franca agonía.

Al día siguiente, viernes dos de septiembre, Nicolás Maduro viajó a la isla de Margarita para presidir un acto de entrega de viviendas rehabilitadas en diversos barrios. Al final del día, los habitantes del sector Villa Rosa en el municipio García salieron a la calle a “cacerolear” al personaje. Maduro salió de su vehículo y, en un confuso incidente, agrede a una mujer de nombre Eudys Marcano. En ese momento una multitud enardecida por esa cobarde acción acude a defender a la señora y Maduro no sufre el destino de Mussolini por poco. Tuvo que salir huyendo del sitio, perseguido por un pueblo harto de su incompetencia.

Estos dos sucesos, la marcha de Caracas y el cacerolazo en la cara de Maduro, no pueden verse desconectados. Evidentemente se trata de las manifestaciones de un pueblo cansado de un régimen cobarde, criminal y mafioso, que pasará a la historia por haber sumido a un país rico en la más aberrante pobreza. Un régimen cuyo índice de desaprobación llega a un asombroso 85% y que se empeña vanamente en seguir aferrado al poder para continuar con la expoliación de cada recurso nacional. Este pueblo noble y valiente, demostró que está harto de Maduro y su pandilla de malandros, y que si bien puede manifestar pacíficamente su descontento, también puede reaccionar a la menor provocación.

Siendo que el rechazo a este gobierno es tan evidente, que ya no tiene el más mínimo apoyo popular, que ya nadie será capaz de confiar en ellos, uno se pregunta qué sucede en la mente de los oficiales y efectivos de las fuerzas armadas al empeñarse en obedecer a un régimen ilegítimo. ¿Por qué los jueces y fiscales se obstinan en reprimir a un pueblo soberano? ¿Qué motiva a los funcionarios públicos para acatar órdenes sin sentido? Su respuesta es que ellos obedecen la ley o que simplemente “cumplen órdenes superiores”. Es decir, la misma respuesta de los nazis.

Esos militares, esos jueces, esos funcionarios de a pie deberán a partir del primero de septiembre revisar muy bien sus conductas. De aquí en adelante no vale decir que seguían “órdenes superiores” ni que actuaban “apegados a la ley”. El pueblo ya demostró que quiere un cambio y que lo logrará a pesar de los militares y funcionarios. Tanto en Caracas como en Nueva Esparta, pero también entre los indígenas y por toda la geografía nacional, está demostrado que este régimen tiene sus días contados. Que ninguno se excuse en la obediencia debida porque deberán responder por sus delitos, aunque se escondan quince o veinte años como los criminales nazis. A ellos les digo que es hora de ponerse de lado del pueblo venezolano. No esperen la caída del gobierno porque será la suya propia. La marcha de Caracas mostró lo inevitable: no retrasen tristemente el fin de este  oprobioso gobierno más de lo debido. Ya comenzó la cuenta regresiva…

La Toma de Caracas le mostró a cada funcionario de Maduro que defiende una causa perdida. Y que nosotros seguimos del lado correcto de la Historia.