Amiel inicia su Diario íntimo a la edad de 26 años en 1847. Comienza su obra reconociendo su imposibilidad de ser libre, ya que se ve obligado a doblegar su voluntad por sus faltas, en las que también encuentra un cierto placer al afirmar que: “no soy libre, pues no tengo fuerza para ejecutar mi voluntad”, de esta forma se acusa de ser víctima de los caprichos que se presentan a sus ojos, es víctima de vivir respondiendo a la superflua exigencia de cada día. Esta situación lo conduce a cuestionarse sobre su destino mientras reconoce que fue él mismo quien dio fuerza a sus debilidades, pues argumenta que “los males contra los cuales lucho son de vieja data. Es una larga historia que necesitaré escribir algún día. Si el antagonismo es la condición del progreso, ya había nacido para hacer progresos”.

Lo esencial es la mediocridad con la que se presenta la vida de Amiel. La primera cosa de su eminente personalidad tímida es su aspecto físico, ya que Amiel contaba con débil salud. También influye su forma de expresión, ya que parece afeminado en su exterior. Por otro lado, el calificativo que le da a su padre es el de “un hombre tosco”, mientras que a su madre la considera una persona dulce y amorosa. Afirma que las páginas de su diario solamente son buenas para él y “para aquellos que después de mí puedan interesarse en el itinerario de un alma, en una condición oscura, lejos del ruido y del renombre”.

Amiel afirma que la expresión y el pensar deben de tener su fin, pues no debe de quedar a medias un pensamiento, porque dicho pensamiento debe de contar con una conclusión, de lo contrario se puede presenciar el peligro de caer en la tristeza, ya que las acciones terminadas se alcanzan únicamente con orden, energía y perseverancia, condiciones que también han de regir la vida intelectual y moral de la persona.

Se reconoce inferior frente a las personas que ama, pues afirma que es necesaria la acción de amor para no caer en los celos, sin embargo, antes del amor debe de estar lo justo y por esto se sugiere a sí mismo: “Trata de procurar a los otros, placer, dicha; que sea agradable encontrarse consigo; la amabilidad es un reflejo del amor”. Definitivamente Amiel se reconoce como una persona diferente, con una voluntad débil pero con una amplia capacidad de reflexión, dicha capacidad de reflexión le da ventaja sobre su situación, pues obtiene la capacidad de objetivarse y actuar conforme a la verdad de su existencia evitando apariencias.

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Henri Frédéric Amiel

En cuanto su relación con Dios, afirma que lo más necesario es poseer a Dios y distanciarse de las demás cosas, pues deben de tenerse las cosas como si no se poseyeran, ya que es necesario desprenderse de todo cuanto se puede perder. Lo más fácil para la persona creyente es vivir con Dios mediante la conciencia nocturna, dicha conciencia pone al hombre en presencia de sí mismo y de Dios, mientras que la conciencia diurna pone al hombre en relación con los otros, con lo externo, con la diversidad. Por lo tanto, la conciencia es la presencia de Dios en el hombre.

En el plano del conocimiento, Amiel afirma que el hombre tiene la necesidad de conocer y comprender todo, pues equipara el pensamiento a la existencia, y de esta forma el hombre siente el universo dentro de sí, “mi fuerza es particularmente crítica: quiero tener la conciencia de todo, la comprensión de todo. Mi rasgo destacado es la elasticidad, la educabilidad, la receptividad, la fuerza de asimilación y penetración”. Por lo tanto ha de afirmar que “el pensamiento es lo único que existe”.

Amiel como digno ejemplo de pensador del romanticismo afirma que, la música, la poesía y la oración son las únicas actividades que cuentan con la suficiente ternura para corresponder al deseo, pues la ciencia es demasiado dura, el pensamiento demasiado rápido y la distracción es demasiado insensible. Sin embargo, siente una constante invitación a la acción, pues afirma que el tiempo del aprendizaje o el tiempo de la cosecha ha terminado y que es hora de ver la cosecha. A pesar de su deseo y su inclinación por la acción, se muestra inconforme, pues menciona que “lo que podría ser me corrompe lo que es, lo que debería ser me llena de tristeza. Así, la realidad, el presente, lo inseparable, la necesidad, me contrarían y hasta me asustan”.

La esperanza para Amiel es como un huevo en el que puede salir una serpiente, como puede salir una paloma, pues cada alegría fracasada es una puñalada. Por lo que la desconfianza de sí, viene de su fundada seguridad de poseer un autoconocimiento de su propia debilidad. También llega al punto de criticar la paz que la razón puede traer, pues dicha razón está dotada con demasiado espíritu pero falta de imaginación.

Critica el desorden del presente, pues afirma que el tiempo de los grandes hombres ha pasado, ya que el tiempo de hoy lo concibe como un tiempo de desorden que limita la libertad del futuro. Sin embargo, a pesar de que la constante tendencia a la mediocridad empuja a los hombres débiles a conformarse con lo mínimo, los hombres poderosos aprovechan dicha dificultad para tener la posibilidad de más grandes triunfos. Por lo que él se presenta con una capacidad de situarse en diversos puntos de vista, esto le da una buena aptitud para la teoría pero una irresolución en la práctica. De esta manera se proclama de un punto de vista objetivo mientras que su adhesión a la tesis del “Yo” como centro del universo hace que él mismo se convierta en su Dios.

A pesar de argumentar a favor de la relación con Dios, afirma que es más “necesario apresurarse a desterrar el sufrimiento superfluo y de origen social, antes de volver a los bienes del espíritu. Es necesario que todo el mundo viva antes de ocuparse de la religión”, pues Amiel declara que necesita un cristianismo más práctico y menos solitario para satisfacer sus deseos religiosos. El autor refleja una adhesión a la religión a la vez que interpreta métodos que parecen inadecuados al movimiento de Dios con el hombre, pues menciona que “las ruedas del carro divino nos aplastan primero para satisfacer la justicia y dar ejemplo a los hombres; luego se nos tiende una mano para levantarnos, o por lo menos para reconciliarnos con el amor oculto bajo la justicia”

Por último se puede decir que, Amiel en cierta forma se declara contrario a la razón, pues al afirmar que la ciencia no hace hombres, hace entidades y abstracciones y que el hombre debe de sentir, vivir y no analizar siempre, pues el hombre debe de ser ingenuo antes que ser razonador, debe de experimentar antes que estudiar. Y de esta manera se reflejan a grandes rasgos algunas tesis del romanticismo.

Bibliografía:

  • · Frèderic Amiel, Diario íntimo, Tomo I, 2ª ed., Esmeralda Buenos Aires, 1947, págs. 5-50.