Ana tiene 25 años y creció en una familia de adictos. Su madre lo es con el alcohol y con la obsesión por verse delgada. Su hermano mayor con la cocaína. Ana (que es el nombre de fantasía que ella eligió para contar su historia) recuerda que desde muy chica la obligaban a hacer dieta. Como su mamá consideraba que ella estaba excedida de peso, le controlaba el tamaño de todo lo que comía. Siendo una nena, no entendía por qué cuando sus amigos comían golosinas y chocolates, ella solo podía comer manzana. Hasta que empezaron las burlas y cargadas de sus compañeros, a las que respondía con ira, para después sentirse culpable y con todo el dolor en su corazón. Ya en la adolescencia empezó a revelarse a los mandatos de su madre. Sentía mucho enojo por cómo había sido su infancia. Encontró en la comida una manera de escabullirse del mismo. De a poco fue subiendo de peso, y para controlarlo, sin saberlo, desarrolló una bulimia. A los 16 años entró en un estado de depresión tal que la hizo abandonar el colegio, y a ella misma. Hasta que tuvo la intención de cambiar y fueron estas palabras de su terapeuta la que la hicieron darse cuenta de lo que le estaba pasando: “lo que pasa es que lo que querés no es vaciar tu estómago, lo que en realidad estas buscando es vaciar tu memoria”.

Muchas de las personas que llegan a las consultas de nutrición pidiendo ayuda por sus desórdenes con la comida, presentan historias muy diversas, y algunas son tan impactantes como la historia de Ana. En estos casos el acto de comer, resulta la manera de evitar conectarse con tanto dolor, que por no ser tramitado se transforma finalmente en sufrimiento.

Las situaciones pueden ir desde comer por ansiedad, calmar una profunda insatisfacción, episodios de tristeza, hasta historias de abuso en la infancia, o experiencias de abandono.

¿Qué es comer emocional? Comer emocional consiste en utilizar la comida para distraer o anestesiar estados emocionales intensos. Algunas personas eligen el alcohol, el tabaco, las drogas o las compras compulsivas buscando alivio. De todas formas, el regulador emocional más elegido sigue siendo comer.

¿Cómo se relacionan las emociones y la comida? Es fundamental entender que el vínculo que establecemos con la comida no es otra cosa que nuestra forma de percibir el mundo todo. La relación con la comida es el espejo de nuestra relación con nuestra vida. Para poder transformar un desorden de la conducta alimentaria, el aprendizaje de habilidades para la gestión de las emociones resulta imprescindible, además de desarrollar la capacidad para sentirlas y expresarlas a través de la palabra, ejercitando paralelamente, la capacidad de autodominio.

Entre las causas emocionales que pueden llevarnos a comer en forma automática podríamos mencionar.

-Comer por estrés: El masticar supone un gasto de energía y al implicar una forma de desgarrar y triturar (actividad vinculada a la agresión) se transforma en una forma de reducir la ansiedad, forma rápida y pasajera pero al alcance del paciente.

-Comer por tristeza: Algunas personas presentan un estado de ánimo caído, sin entusiasmo para realizar tareas habituales, que notan como instintivamente aumenta su deseo de consumir chocolate, alimentos estimulantes, carne y otros productos ricos en proteínas e hidratos de carbono. Estos alimentos tienen en su composición química elementos que aumentan los niveles de serotonina, neurotransmisor que se encuentra disminuido cuando el ánimo está deprimido.

-Comer por insatisfacción: Si tenemos en nuestro interior una sensación de vacío, intentamos llenarlo, y comer es una forma fácil de hacerlo. El hecho cierto es que la comida nos distrae y produce una sensación de bienestar breve y fugaz, un efecto pasajero: luego de un rato volvemos a sentirnos como antes.

-Comer en exceso por carencia afectiva: En un intento de recrear episodios felices de la propia historia vinculados en general a la madre nutricia.

-Comer en exceso por placer: Personas que han quedado fijadas al placer vinculado a la oralidad (fumar, tomar, comer) y no han podido descubrir otros estadios de placer.

-Comer en exceso por bronca: Es el daño volcado sobre sí misma/o en una suerte de autodestrucción. Podríamos arriesgar a decir que el caso de Ana se encuadraría dentro de este tópico.

-Comer en exceso como forma de castigo: Una manera de provocar el aislamiento por no sentirse merecedor/a de afecto. Siente culpa por algo que hizo o pensó, y se castiga engordando.

-Comer en exceso por miedo: Como modo de protegerse dentro del cuerpo, (miedo a dejar de ser niña, miedo a mostrarse deseada, miedo a tomar responsabilidades) -Comer en exceso por influencia de los seres queridos: El temor a la desnutrición o el mito que afirma que la gordura es sinónimo de salud.

Resulta imprescindible revisar nuestras experiencias, nuestro sistema de creencias y lo que pensamos. Cambiar nuestro modo de pensar es cambiar lo que sentimos y hacemos. Darnos cuenta del modo en que nos hablamos resulta un modo de reconectarnos con nuestro mundo interno.

La práctica de la atención plena -MINDFULNESS- es una manera innovadora para aprender a observarnos en nuestra integridad, Pensar -Sentir – Hacer.

Descubrir nuestros condicionamientos, pensamientos automáticos negativos, estado de ánimo, emociones, deseos, impulsos, significará una gran opción para trabajar en nuestra propia transformación.

Hoy Ana entiende que todo es un proceso casi artesanal de cambio de hábitos, y que lo importante no es hacer dieta, sino aprender a comer, que es uno de los principales aspectos que la llevará a estar saludable, no simplemente flaca como toda su vida fue forzada a ser.

*El autor es médico especialista en nutrición e instructor de mindfulness. Dirige el espacio COMER DESPIERTO. El 5 de octubre de 12 a 14hs en Nuñez, dará una charla gratuita y abierta sobre las implicancias de ésta práctica. Para reservar lugar escribir a info@comerdespierto.com